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Una sociedad de señores

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Descripción:

Así lo pretende al menos el gran eco de la humanidad doliente y el progreso inexorable. Y, en efecto, el nuevo orden nos iguala: todos, desde el primer gorila hasta el último mono, somos hoy ciudadanos asimilados en derechos. Perduran, cierto, amargas injusticias y atropellos, pero en la esfera política nadie es más que nadie porque la razón legal limita el ejercicio del poder y el árbitro es poderoso. Al fin y al cabo, el príncipe y el mendigo vo...

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Así lo pretende al menos el gran eco de la humanidad doliente y el progreso inexorable. Y, en efecto, el nuevo orden nos iguala: todos, desde el primer gorila hasta el último mono, somos hoy ciudadanos asimilados en derechos. Perduran, cierto, amargas injusticias y atropellos, pero en la esfera política nadie es más que nadie porque la razón legal limita el ejercicio del poder y el árbitro es poderoso. Al fin y al cabo, el príncipe y el mendigo votan en la misma urna. No obstante, más allá del código o el voto, con frecuencia el rumor del pasado se hace presente como estruendo, y muchos próceres nuevos (y otros tantos advenedizos que aspiran a serlo) alzan la voz sin decoro para reclamar la distinción que por sus méritos y alcurnias les pertenece. Para ellos, el dinero, el mando, la fama, el éxito y el talento no son meras contingencias hijas de la fortuna, sino virtudes propias del señorío. Y si esto es así, la lógica circular conduce a una conclusión feroz: la pobreza, el fracaso, la derrota, la impotencia y la pereza, incluso la noble modestia, son vicios propios de la chusma. A nuevo señor, vasallo nuevo. Las categorías sociales se transmutan en veredictos morales, la cultura (o el credo) legitima una vez más el privilegio y la antigua dialéctica del amo y el esclavo vuelve por donde solía. Quizá, como afirma Mario Campaña, los amos <>. Una sociedad de señores abre una indagación necesaria y un debate inexcusable sobre la auténtica naturaleza de nuestras democracias.

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